El futuro de la socialdemocracia: Un vistazo al escenario sueco
Tras las últimas elecciones celebradas en Suecia el pasado mes de septiembre, el panorama político en Escandinavia no puede ser más inquietante para quien se pregunte acerca del futuro de la socialdemocracia en Europa (y, por ende, en el mundo entero). En este artículo vamos a tratar brevemente algunas de las causas de estos resultados en Suecia. El objetivo es arrojar algo de luz para poder determinar si estas circunstancias responden a una dinámica política general en este país, tan tradicionalmente apegado a los principios de la socialdemocracia, o si se trata, en cambio, de un periodo de pasajera crisis coyuntural.
La socialdemocracia sueca
La socialdemocracia nórdica, en general, y la sueca, en particular, han sido un modelo de referencia para generaciones de simpatizantes del llamado Estado del Bienestar y para todos aquellos socialistas que se alejaron de la vía revolucionaria marxista para abrazar las tesis revisionistas de Bernstein. Este modelo, que gozó de la reputación de nombres míticos –entre ellos, el recordado Olof Palme–, parece haber perdido su preeminencia en toda Escandinavia y, con ella, su máxima seña de identidad. Tanto su presente como, sobre todo, su futuro se ven seriamente amenazados por tres factores primordiales e interdependientes: uno, el auge del neoliberalismo y sus teorías contrarias al intervencionismo estatal, a los impuestos y al gasto público; dos, una globalización mercantil y, sobre todo, financiera sin control ni restricciones; y tres, la caída de la amenaza que para el sistema capitalista suponía la existencia de la URSS.
En Suecia encontramos a un partido socialdemócrata con un poder político y una trayectoria histórica sin parangón en el planeta. Fundado en 1889, se escindió en 1917, año en el que el ala revolucionaria de la agrupación, liderada por Zeth Höglund y de vocación probolchevique, fue expulsada de la formación original para constituir el Partido Comunista (actual Vänstrepartiet o Partido de la Izquierda). A partir de entonces, y bajo la batuta de Hjalmar Branting, considerado padre fundador del Partido Socialdemócrata y aliado de los mencheviques de Kerensky, los socialdemokraterna (como son conocidos en Suecia) se identificaron definitivamente con el reformismo democrático, comenzando una carrera meteórica hacia el poder.
Así, en 1920, Branting alcanzó el gobierno del país, convirtiéndose, de este modo, en el primer socialdemócrata del mundo que lograba ser nombrado Primer Ministro. Tras una década larga de gabinetes breves de diversas tendencias, aunque con preeminencia de liberales y conservadores, la socialdemocracia llegaba de nuevo al poder en Suecia en el año 1932 de la mano de Per Albin Hansson, quien, durante sus cuatro gobiernos (1932-1936, 1936-1946), cimentó los principios del poderoso Estado del Bienestar sueco. Tras su inesperada muerte, fue sucedido por Tage Erlander, un político que, con sus 23 años consecutivos de mandato (1946-1969), ostenta el récord de ser el Primer Ministro más duradero de la democracia occidental. Durante su gestión, el país aceleró enormemente su crecimiento económico, situándose entre las naciones más desarrolladas del mundo, al tiempo que el Modelo Sueco alcanzaba su máximo apogeo.
Erlander fue sustituido por Olof Palme, que fue Primer Ministro de 1969 a 1976, momento en el que la crisis de los setenta llevó al poder a los liberales y obligó a los socialdemócratas a plantearse la necesidad de un exhaustivo adelgazamiento del Estado del Bienestar. Palme recuperó el poder en 1982 y lo mantuvo hasta 1986, fecha en la que sufrió el atentado que acabaría con su vida y, según muchos autores, con una época de la historia de Suecia.
A Palme lo sustituyó Ingvar Carlsson, quien comenzó a llevar a cabo las reformas que empezaban a exigir los años finiseculares hasta 1991, momento en que la crisis de los noventa –especialmente virulenta en Suecia– llevó al gobierno a una coalición liberal-conservadora liderada por el Partido Moderado. Como no podía ser de otra forma, este Gabinete profundizó en la reducción del Estado del Bienestar e implementó diversas medidas de liberalización de la economía, entre las que destaca la firma del acuerdo de incorporación de Suecia a la Unión Europea, celebrada en junio de 1994. En septiembre de ese mismo año, retornaron los socialdemócratas bajo el liderazgo de Göran Persson para protagonizar un periodo de doce años de mandato caracterizados por una política de fomento de la competitividad de la economía sueca mediante la flexibilización, el paulatino aligeramiento de las cargas del Modelo Sueco y la búsqueda del equilibrio presupuestario.
Resultados de septiembre y futuro inmediato
Tras los escándalos relacionados con Persson –a quien se acusó de utilizar los servicios sanitarios privados, traicionando el tradicional y coherente apego de los dirigentes socialdemócratas por los excelentes servicios públicos de su país, y de construirse una mansión muy alejada del típico apego escandinavo por la moderación–, y tras el desgaste de doce años consecutivos de gobierno, el Partido Socialdemócrata cosechó el pasado mes de septiembre los peores resultados de su historia desde la instauración del sufragio universal, allá por el año 1921. El 35,2% de los votos obtenidos por esta formación, unidos al 5,8% del Partido de la Izquierda (Vänstrapartiet) y el 5,2% del Partido de los Verdes (Miljiopartiet de Gröna) – los tres compañeros de coalición en el último gobierno– no lograron superar los porcentajes conjuntos de los grupos de talante liberal y conservador. Estos partidos, que en Suecia son llamados burgueses, son el Partido Moderado (Moderata samlingspartiet), el Partido del Centro (Centerpartiet), el Partido Liberal (Folkpartiet Liberalerna) y el Partido Democristiano (Kristdemokraterna). Entre los cuatro, han alcanzado un 48,1% del escrutinio, cifra que, enfrentada al 46,2% logrado por la coalición de izquierdas, deja el gobierno en manos de la derecha.
La explicación que liberales y conservadores dan a estos resultados es unilateral y bien conocida por todos, casi un lugar común en estos tiempos: la presión impositiva es ya insostenible para los ciudadanos y las empresas, el intervencionismo estatal fomenta la rigidez y la ineficiencia económica, las insostenibles coberturas sociales provocan la desidia, la falta de iniciativa y el desempleo. Por tanto, la caída del Partido Socialdemócrata de Suecia sería la puntilla a un Estado del Bienestar que no funciona, que no convence y que origina crisis y falta de libertad económica.
Sin embargo, la derrota socialdemócrata en este país no responde, ni total ni principalmente, a esas razones. Para determinar con rigor las verdaderas causas, resulta imprescindible, en primer lugar, esclarecer la estrategia que ha permitido ganar las elecciones al centro-derecha, unificada en la Alianza por Suecia (Allians för Sverige), una coalición formada por los cuatro partidos burgueses arriba indicados. Dicha estrategia se ha fundamentado en dos líneas principales de actuación:
1. El líder del Partido Moderado y actual Primer Ministro de Suecia, Fredrik Reinfeldt, tras acceder a la cúspide de esta formación política en un proceso de renovación de cargos provocado a causa de la crisis sufrida en sus filas como consecuencia de la abultada derrota electoral sufrida en las elecciones de 2002, ha sabido cristalizar una siempre demorada estrategia de fusión de las distintas tendencias del centro-derecha sueco. Esta exitosa iniciativa, cuyo resultado fue la fundación de la ya mencionada Alianza por Suecia, ha tenido por objetivo acabar con la enorme hegemonía que el Partido Socialdemócrata ha gozado en este país durante casi todo el siglo XX y principios del XXI. En relación a esto, no hace falta recordar que los socialdemócratas han sido la formación política más votada en todas las elecciones de ámbito nacional celebradas en Suecia desde 1917 (incluyendo la del pasado septiembre) y sólo ha estado en la oposición durante nueve años desde 1936 (1976-1982 y 1991-1994). Esto significa, sencillamente, que una alianza entre todos los partidos liberales y conservadores es la única posibilidad real de vencer a la socialdemocracia en Suecia, posibilidad que se ha consumado este año.
2. Sin embargo, esta unión de fuerzas del centro-derecha sería del todo insuficiente sin una franca recuperación de los resultados del partido más importante de la alianza, el Partido Moderado. Tras acceder al gobierno en 1991 –en coalición ad hoc con los otros tres partidos burgueses comentados y de la mano de la grave crisis económica de los noventa– y quedar luego en la oposición en las elecciones de 1994 y 1998 –a causa de la caída del Partido del Centro y del Liberal, ya que los moderados incluso gozaron de mejoras sostenidas en porcentaje de votos–, esta formación sufrió un descalabro en los comicios de 2002, año en el que pasaron del 22,9% al 15,3% de los votos. Esta circunstancia obligaba al nuevo líder del partido no sólo a buscar un acuerdo más estable con las otras tres agrupaciones del mismo espectro político, sino a cambiar su estrategia de forma radical.
La razón principal por la que los moderados experimentaron tal caída de votos en 2002 fue su programa electoral –algo más directo que de costumbre– en el que abogaban explícitamente por una reducción sensible de los impuestos para, según ellos, aliviar a los suecos de la pesada carga que venían soportando durante décadas. Pero la realidad es que Suecia no habría podido construir un Estado del Bienestar tan arraigado, profundo y extenso sin un consenso social generalizado. Y ese consenso, aunque no lo suelan admitir los exégetas de la “nueva economía liberal”, parece seguir existiendo en este país. Y si sigue existiendo es porque los suecos no están dispuestos a renunciar a su envidiable nivel de vida, a sus beneficios sociales y a su equidad económica, aun siendo perfectamente conscientes de que para mantener este sistema son imprescindibles impuestos elevados. Por lo tanto, un partido cuyo leitmotiv sea la reducción de los impuestos y el gasto público es un partido que, a día de hoy, tiene vedado el acceso al poder en Suecia.
La única opción viable de Reinfeldt era, por lo tanto, una “refundación” del Partido Moderado dirigida a eliminar de la mente de los votantes la imagen brindada por el programa presentado en 2002. El objetivo era claro: respetar el consenso social construido en Suecia durante los últimos setenta años y ofrecerse como una alternativa al “desgastado” gobierno socialdemócrata, una alternativa capaz de mantener el Estado del Bienestar a través de su renovación en aras de lograr su supervivencia mediante el incremento de su eficiencia. La idea-fuerza ya no es acabar con el Modelo Sueco, sino todo lo contrario: afinarlo, ponerlo en forma, reestructurarlo y reforzarlo para garantizar su futuro sin menoscabar la capacidad competitiva y de crecimiento de su economía.
Esta refundación se hizo explícita incluso con un cambio oficioso de nombre del Partido Moderado, que pasó a llamarse, bajo la batuta de Reinfeldt, Nuevo Partido Moderado (Nya Moderaterna). No obstante, tras dos meses escasos del acceso al poder de esta formación, no parece factible asegurar si el cambio de estrategia será algo real o un simple maquillaje al más puro estilo catch-all party.
En cualquier caso, lo que sí se puede afirmar con rotundidad es que el nuevo programa aparente de los moderados es un claro acercamiento de las posturas de la derecha a los principios socialdemócratas actuales, de igual forma que la política económica socialdemócrata se ha ido aproximando paulatinamente desde los años setenta a los postulados liberales. Las cuestiones clave surgen a las claras: ¿dónde acabarán estos vectores de aproximación? ¿Llegará un momento en el que la política económica socialdemócrata no se distinga en sus líneas básicas de la liberal? ¿Hará esta circunstancia definitivamente inviable el socialismo por la vía democrática? Por su peculiar situación, Suecia podrá darnos algunas respuestas durante los próximos años.
Mario del Rosal